Rescatamos por su belleza un texto salido de nuestra agencia que ejemplifica como pocos la pasión que tenemos por nuestros clientes. Su título es un canto a la excelencia: “Mi misión es aparentemente sencilla”:
1. Contacto con alguien que tiene necesidad de transmitir algo a otros, aunque no sabe muy bien cómo.
2. Capto lo que el cliente quiere expresar a los demás, aunque, sinceramente, raras veces sabe ni siquiera expresármelo a mí.
3. Valoro la idea, aunque muchas veces intentar descifrar lo que necesita el cliente no sirve para nada, porque se ha cruzado un primo suyo que hace “cosillas con el ordenador”, o porque lo que desea cuesta más de lo que está dispuesto a gastarse.
Si finalmente el cliente determina que somos su agencia…
4. Trasmito lo que el cliente quiere a mis compañeros del departamento creativo –gente con ideas propias-. Ocurre que no siempre llegan a entenderme del todo bien.
5. Mis compañeros realizan algunas propuestas. Alguna de ella es un cañón. ¡Por fin una alegría!
6. Presento las ideas al cliente, que invariablemente se decide por la peor de las tres opciones que presento.
7. Intento persuadirle con miles de argumentos adquiridos en la universidad, otros cientos que pillé en un doctorado en comunicación que me costó un pastón y algunos más que me vienen de mis once años de experiencia profesional. No vale de nada. Bueno sí, para reafirmarle en su idea sobre cómo tienen que ser las cosas.
8. Recibo un ultimátum: “Tiene que ser ya. El viernes lo quiero.” Esto termina por hundirme.
9. Ya en la oficina me sobrepongo del shock. Me peleo (bueno, más bien voy de buenas) con mis compañeros para que el trabajo esté a tiempo. Solo consigo que me pongan cara de murciélago cuando se lo pido.
10. El viernes, un minuto antes de que acabe el plazo, el trabajo está terminado. Salgo escopetada escaleras abajo – Me entretengo con la vecina que me cuenta su vida – Cojo el coche mientras pienso: “No llego, no llego, no llego…” – Después de quince semáforos y veinte rotondas, un nuevo obstáculo, un paso de cebra y una expedición de turistas japoneses que me sonríen – Llego a la sede del cliente: “Por favor, abra, tengo que entregar esto urgentemente”. Mi sonrisa y mi pinta de chica buena me vuelven a salvar. “Muchas gracias” – El conserje me cuenta su vida – Subo las escaleras con todo el peso del trabajo. – En cada descansillo alguien me cuenta su vida – Después de cuatro pisos (los jefes siempre trabajan en el piso más alto y en edificios que tienen los viernes el ascensor roto) puedo decir: “Buenos días. Creía que no llegaba”. Pongo mi mejor sonrisa.
11. Presento las maquetas. El cliente me dice que eso es exactamente lo que quería y que le encanta cómo hemos logrado transmitir la idea que él tenía. Que le encanta trabajar con nosotros porque le pillamos a la primera.
12. Salgo aliviada, aunque rota y sin energías cada vez que llego a este punto. Vuelvo a la oficina.
13. Mi trabajo no termina ahí. Me queda enfadarme con los proveedores, con los que disputo sobre plazos de entrega y calidades, o tal vez, mosquearme con el tiempo meteorológico, que puede deslucir un acto. Me queda hacer el seguimiento para asegurar que no haya contratiempos y, para acabar, me queda poner la palabra fin a cada proyecto.

Como decía al principio mi trabajo es relativamente sencillo. Si nos fijamos se reduce a una sola cosa: Hacer que el cliente sonría siempre y consiga que sus clientes lo adoren. Para eso sólo conozco un camino: trabajo y profesionalidad.